Vicente Romero. Alfarero

Nada más entrar en el taller de Vicente Romero se mezclan diversas sensaciones y conceptos: luz, tradición, arte y, especialmente, serenidad. Da la impresión de que allí el tiempo se detiene, no existe la prisa. No hay ruido más allá del que producen nuestros pasos y nuestra conversación. Vicente me habla de su vida, me cuenta innumerables curiosidades y detalles, todos relacionados con la tradición alfarera de Andújar. Así pude saber que sus bisabuelos, también alfareros, tenían el taller en la casa que luego albergó los salones de Ramón “de la civila”. Ellos hicieron las jarras grotescas y macetones que allí se conservan, y que tienen más de un siglo.
Vicente cuenta que, antiguamente, podía haber varias decenas de alfareros en Andújar, con la peculiaridad de que cada uno de ellos realizaba un diseño de botijo distinto. Muchos de aquellos diseños aún los hace él, como  el botijo de piña, el de cerdo, el de gallo o el de tres asas, cuyos nombres están íntimamente ligados a su apariencia.
También me muestra una jarra de aspecto muy peculiar, se denomina “despeñadero”.  Años atrás se utilizaba para llevar y vender miel por las casas. Posee una especie de rampa, con dos agujeros en su base, con el objeto de que la miel regrese al interior sin gotear, una vez que hubiese sido servida a algún cliente.
Vicente tiene ochenta años. Con diez puso por primera vez sus manos sobre el barro. Mientras habla conmigo, toma un poco de este material y le va dando forma. En unos instantes se puede adivinar el cuerpo de un caballo. Tras dejarlo a cuatro patas sobre la mesa, continúa con el jinete. Lo monta y le hace el sombrero. Es capaz de realizar el típico pito de Andújar en sólo unos minutos, y casi sin mirar. Entretanto, me explica que cada jinete de los pitos, o cada uno de los soldados que aparecen en las jarras grotescas, van ataviados con un sombrero distinto, según se trate de un soldado de Bailén, inglés, portugués o de otras procedencias.
Cuando salgo del taller tengo la sensación de que me marcho demasiado pronto. Pienso que podría haber estado más tiempo escuchando tantas enseñanzas, y contemplando cómo unas manos únicas en nuestra tierra son capaces de moldear esas pequeñas piezas que componen nuestra historia.


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